sábado, 20 de mayo de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 35 NASO

 

Haftara: Shoftim 13:2-25

Escuchar la voz de El Eterno

 En Bemidbar 7:89 leemos: “Y cuando entraba Mosheh en la tienda de reunión, para hablar con Elohim, oía la voz que le hablaba de encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del testimonio, de entre los dos keruvim; y hablaba con él.” Este texto, que pudiera pasar desapercibido, en realidad nos insinúa la forma como El Eterno manifiesta Su Voluntad a cada uno de Sus elegidos que, para el caso que nos ocupa, son todos Sus hijos.

 El lugar más sagrado que había entonces en el seno del pueblo era la Tienda de Reunión, pues era desde allí que se manifestaba la Presencia Divina. Si tenemos en cuenta que aquel lugar representa nuestro propio ser, podemos afirmar que El Eterno sí nos habla; y aunque ello no se da en forma audible, podemos decir que Su manifestación es algo que no pasa desapercibido en nuestro interior.

 El lugar más santo era precisamente donde se encontraba ubicado el aron qodesh, encima del cual se podía sentir la Voz de El Eterno. Y si tenemos en cuenta que este sitio simboliza el nivel más alto del alma, la neshamah, que además materialmente se refleja en el cerebro, veremos que es justamente en nuestra mente donde podemos discernir los designios del Santo de Yisrael.

 Esto nos lleva a reafirmar la importancia que tienen nuestros pensamientos que se convierten en decisiones que afectan nuestra vida. Si todo nuestro ser está investido de qedushah de seguro nuestras acciones estarán encaminadas a dar honor al Uno y Único, porque son dirigidas por Su Voz, que es la Torah misma. Entonces podremos afirmar que en esa condición sí estamos escuchando la Voz Celestial, puesto que “nos estamos dirigiendo a la Tienda de Reunión para escucharla”, lo que es ni más ni menos que vivir las mitsvot a plenitud y meditar constantemente en los designios divinos.

 

sábado, 13 de mayo de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 34

 

Bemidbar

(Bemidbar  1:1-4:20)

Haftara: Hosheä 2:1-22



 “Según las casas de sus padres”

 Esta expresión ocurre varias veces en el relato de la parasha. En primer lugar, hemos de ver la importancia del testimonio de vida de los padres, de quienes los hijos son el reflejo. El padre ha sido designado para cumplir un papel trascendental en la vida de los hijos, y por ello desempeña el papel de cabeza de familia, sin que ello implique en manera alguna menoscabar los derechos y deberes que tiene la madre en el seno del hogar.

 Y por ser la cabeza visible de la familia, corresponde al padre velar por la salud espiritual de todos y cada uno de los integrantes de ella. Esta responsabilidad es tan grande, que en gran medida los hilos de ésta van en la dirección en que él, como la autoridad representativa decida tomar[1], lo que lo convierte en personaje crítico en el desarrollo de los hijos, especialmente de los hombres.

  ¿Y qué con esto? Es importante mencionar que las palabras de la Torah reflejan inequívocamente la directriz de El Eterno para la vida de Su pueblo. Por lo tanto hemos de ceñirnos a ellas, de manera que nuestra identidad refleje lo que El Eterno mismo ha decretado para Sus hijos. Y el punto a que queremos llegar se relaciona con lo que sabios de nuestro pueblo han decretado como halajah.

 Actualmente, para decidir sobre la judeidad de una persona, se toma como base cierta que ésta descienda de una mujer judía; por tanto se ha dicho que si una persona es de madre judía, entonces ella también lo es. Y argumentos respetables que se han esgrimido para justificar esta norma es que “sin la mujer no hay judaísmo”, “la madre tiene la certeza sobre sus hijos”, etc.

 Aunque ello pueda sonar muy lógico, no es esto lo que estableció HaQadosh, Baruj Hu, al menos en un principio. En ninguna parte de los Escritos Sagrados encontramos expresiones tales como “según las casas de sus madres” o genealogías basadas en las mujeres[2]. De hecho el orden mismo de la Creación atestigua en cuanto a que el hombre fue creado primero, y fue a él a quien se le asignó la tarea de velar por el cuidado de Gan Eden[3], lo que nos sugiere que es el hombre el encargado de rendir cuentas por el cuidado de todo[4].

 Por lo tanto, adoptar como halajah lo establecido por los rabinos en cuanto a la judeidad de una persona, no es precisamente lo que nos está demandado por El Eterno; es importante aclarar que nuestro deseo es contribuir a poner las cosas en el orden establecido, y por ello nuestra fuente primaria para cualquier acción a tomar es la Torah Escrita, máxime si en ella están las ordenanzas referentes a los asuntos básicos de nuestra vida; si no requieren mayor explicación, de hecho son para aplicar literalmente, obviamente dependiendo del contexto en que se esté viviendo; si el asunto es muy difícil de solucionar es cuando debemos recurrir a la halajah establecida por nuestro pueblo, y muy probablemente nos conducirá a lugar seguro. Pero si la Torah Escrita establece algún asunto claramente, las demás explicaciones realmente sobran.

 El hombre entonces, como la autoridad representativa de una familia, está llamado a cumplir con todas sus responsabilidades, pues no debería suplirlas la mujer, que de hecho tiene suficientes preocupaciones como para pretender tomar el lugar del hombre. De esta forma, efectivamente podremos decir a las demás naciones que cada uno de los B’nei Yisrael, tiene un ejemplar comportamiento, que es “según las casas de sus padres”.



[1] Aquí en realidad estamos suponiendo decisiones compartidas y apoyadas mutuamente por los cónyuges, pero en últimas es el hombre quien lleva el peso de la responsabilidad final.

[2] Aunque en los Escritos Sagrados es innegable que se trata con buen detalle la vida de algunas mujeres muy virtuosas, las genealogías siempre están basadas en los padres.

[3] Que sucedió antes de la creación de la mujer.

[4] Con esto lo que queremos decir no es que la mujer no deba cuidar nada, sino que la responsabilidad final del cuidado de hecho la tiene el hombre.

sábado, 6 de mayo de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 32-33 -BEHAR-BEJUKOTAI

 

BEHAR- BEJUKOTAI

(Vayiqra 25:1-26:2)

Haftara: Yirmeyahu 32:6-27-18:19

 ¿Hay redención prometida para los gentiles?

 La parasha da unas instrucciones precisas para el evento en que alguien requiera ser redimido en propiedades materiales, lo que nos sugiere así mismo la necesidad de redención de la vida misma por causa del pecado. Pero estas instrucciones están dadas para el pueblo de Yisrael, y de hecho fueron proclamadas en Har Sinay, de cuyo nombre sale el nombre de la parasha. Y por ello cabría preguntar: ¿Y qué pasa con los gentiles? ¿Según la Torah hay algún plan de redención para ellos?

Una evidencia que nos muestra que los gentiles son muy amados por HaShem, Baruj Hu, es que precisamente éstos, que son llamados “nación insensata” o “pueblo que no es pueblo”, son quienes llaman a celos al pueblo de Yisrael. ¿Por qué? Porque a ellos les son concedidas las puertas de entrada a las promesas del Santo de los santos, las mismas que fueron enunciadas a favor de nuestro pueblo, lo que les da la calidad de conciudadanos de Yisrael.

 No podemos afirmar, de ninguna forma, que el gentil sólo es utilizado para llamar a celos al judío. El gentil tiene un papel sumamente importante, que es actuar como “agente” que despierta al pueblo de Yisrael para que vuelva a las sendas de antaño, como así lo quiere El Eterno, Bendito sea. Y ese papel en gran manera es realizado justamente apropiándose de las promesas mencionadas, lo cual se logra con una vida centrada en los designios de El Eterno, lo que de hecho es realidad hoy en día.

 Y dentro de las promesas a las cuales las naciones gentiles tienen acceso, resalta especialmente aquella que tiene que ver con la simiente de mujer que vencería a la “serpiente”, de manera que la rectificación efectuada por esta simiente también les cubriera; por ello, sin duda podemos asegurar que los pueblos gentiles están bajo el amparo de las promesas celestiales; por supuesto, ellos también deben cumplir con su rol adecuadamente, pues a las moradas celestiales no se accede de cualquier forma, sino según lo que HaQadosh, Baruj Hu, ha determinado.

 Los pueblos gentiles también adquirieron una deuda, por causa del pecado; y ya que la redención no se da “en los mismos términos” que para el pueblo judío, hemos de ver que sí requieren estar “en sus tiendas”[1], de manera que “técnicamente” su redención sí sea posible.

                                                            BEJUKOTAI

¿Por qué la insistencia de El Eterno en salvar a Su pueblo?

 Durante el transcurso de la historia podemos ver que el pueblo judío ha sufrido como el que más una serie de persecuciones, vejámenes y artimañas de los demás pueblos, que pareciera no tener fin. Y de alguna forma podemos ver que ello es una retribución mida-keneged-mida por las acciones del pueblo en contra de la Dignidad de HaShem, Baruj Hu.

 Una solución “fácil” a semejante situación podría ser la total destrucción del pueblo y borrarlo de la memoria de las demás naciones, lo cual no representa esfuerzo alguno para Bore Olam. Sin embargo, y aunque casi podríamos asegurar que eso es lo que realmente merecemos, El Santo de los santos ha “optado” no sólo por dejarlo vivir en medio de sus adversidades, sino que al final promete su redención para que vuelva a ser uno con Él en la eternidad. Y esto se puede percibir sin dificultad en los textos de la parasha, donde a pesar de que Yisrael en el futuro hará lo que no es correcto, con todo El Eterno la reprenderá y castigará, pero la volverá a acoger en Su seno.

 Posiblemente no exista una explicación “lógica” a semejante muestra de amor hacia Yisrael. Pero lo que sí podemos afirmar es que ese gran amor no sólo tiene que ver con el hecho de que antes del principio Yisrael era uno con la Luz Infinita de Ein Sof, sino que al final no puede haber impunidad en los actos del ser humano, y ello debe ser restaurado, para que en definitiva se sepa Quién es el Amo de todo lo existente.

 ¿Por qué será posible esta restauración? En cierta forma podemos afirmar que cada alma en el fondo sabe que nada mejor hay que ir en la vía de lo decretado por el Creador, pues de hecho de Él procedemos. Y al darse cuenta que la maldad no paga bien, entonces decide retornar, esto es, hacer teshuvah, de manera que se abra más y más la puerta de la esperanza para un pueblo que hubiera podido perderla.

 Pero por sobre todas las cosas la Palabra de El Eterno, Bendito sea, es la que nos da los más poderosos argumentos para acercar más y más el día final, de manera que la unión que se había mancillado pueda volver a su estado inicial de perfección. Y esto ya lo sabe de antemano El Eterno, cuyos Atributos opacan todo lo existente, y aunque una ínfima chispa de ellos sea la que habite dentro de cada uno de nosotros, es suficiente para causar que todo vuelva a ser como al principio.

 De esta manera podríamos explicar que en todo tiempo El Eterno ve el final “feliz” de Yisrael, pues el pueblo que fue concebido como qadosh puede volver a serlo; por supuesto, el yetser hara ha crecido tanto en poder que es necesario contrarrestarlo, y de ahí que la presencia del Mashiaj tenga ahora mucho más sentido. Y por ello no debemos extrañarnos que el Amo del Universo fije tanto Su Atención en algo tan insignificante[1] como Yisrael.



[1] Comparado con la Grandeza y Majestad de El Eterno, Bendito sea.

 



[1] Esto se refiere muy especialmente a las palabras de Noaj respecto de Yefet (Bereshit 9:27).

sábado, 29 de abril de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 31 EMOR

 

Emor

(Vayiqra  21:1-24:23)

Haftara: Yejezqel 44:15-31


 

Un Mishkan que no debe ser profanado

 El Eterno dio unas instrucciones muy precisas en cuanto a la disposición de todos los utensilios del Mishkan, las cuales debían ser observadas rigurosamente. Y desde tiempos antiguos siempre se conoció una única conformación de este Santuario, con todos sus objetos, que además debían ser utilizados según el evento que sucediera, de acuerdo con lo dictaminado en la Torah.

 Con esto queremos decir que jamás sucedió que, por ejemplo, un kohen decidiera cambiar de lugar las cosas sagradas, pues además de que no tenía autoridad para hacerlo, no estaba interesado en “rediseñar” los decretos celestiales, pues en el seno de nuestro pueblo, al menos en el que verdaderamente es observante, se tiene total claridad en cuanto a la perfección de las ordenanzas de HaShem, Baruj Hu.

 ¿Hacia dónde queremos ir? En esta parasha existen unas instrucciones muy precisas que tienen que ver directamente con nuestro cuerpo, que es la parte visible de nuestro ser. La Torah nos dice: “No harán tonsura en su cabeza, ni raerán la punta de su barba, ni en su carne harán rasguños.”[1] En otras palabras, no debemos adoptar costumbres que van en contra de la esencia del pueblo santo de El Eterno, que precisamente es Yisrael.

 ¿Qué tiene de malo por ejemplo raerse la punta de la barba? Tal acción no trae consigo ninguna enfermedad ni cosa parecida. ¿No existen tatuajes que pueden ser incluso estéticamente “atractivos”? Es posible. Y en cuanto a la tonsura en la cabeza, ¿cuál es el problema? Con seguridad muchas personas no verán con desagrado estas acciones. Pero la verdad es que todo ello sí tiene problemas, y muchos. Veamos por qué.

 El Eterno reiterativamente ha insistido en la necesidad de no actuar como lo hacen los demás pueblos, que dicho sea de paso, están plagados de costumbres abiertamente paganas, pues se relacionan con cultos a deidades ficticias, a las que se les han atribuido poderes que sólo están en la imaginación de las personas, pues en realidad ante El Eterno son abominación, porque transgreden el perfecto orden que Él, en Su Infinita Sabiduría, así concibió. Y, de hecho, no tienen ningún poder.

 Nosotros como pueblo llamado a ser qadosh, sagrado, hemos de revestir nuestro ser exclusivamente con aquello que así mismo es qadosh. Y ello no sólo incluye nuestros pensamientos, palabras y acciones, sino también nuestra apariencia exterior. Pero, ¿acaso importa la apariencia exterior? Mucho, en realidad. Con absoluta seguridad podemos afirmar que no ha existido en la historia de la humanidad algo que se asemeje en majestad al Mishkan o al Templo Sagrado. De la misma forma, el pueblo de El Eterno está llamado a establecer una diferencia que trascienda lo material y lo espiritual.

 Veámoslo de otra manera: El nivel inferior del alma es el nefesh, que se refiere al aliento básico de vida, que está materializada por nuestro cuerpo; el siguiente nivel, ruaj, está inmerso en las intenciones, pensamientos y voluntad; y el siguiente nivel, neshamah, es el que permite nuestra elevación hacia el Santo de los santos. Y si nuestro anhelo ferviente es el de volver a la esencia perfecta de la eternidad, es indispensable que desde el nivel inferior del alma hasta el más elevado sean llenos de la qedushah que se requiere para que ese deseo pueda ser satisfecho en el tiempo en que El Eterno lo disponga.

 Entonces, si nuestros más santos anhelos han de ser satisfechos, ello no puede ser logrado con nuestra muy limitada sabiduría, y ello implica que debemos ceñirnos a las directrices celestiales; por lo tanto hacer tonsura en la cabeza, dañar la punta de la barba o hacer rasguños en el cuerpo no sólo está denigrando del diseño del Cielo, sino que está “desordenando” el Mishkan, lo cual es una afrenta contra las mitsvot de HaShem, Baruj Hu. Y de paso se está cediendo ante la fuerza del yetser hara, que es justamente lo que nos aleja de las moradas celestiales.

 



[1] Vayiqra 21:5.

sábado, 22 de abril de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 29 Y 30 Ajarei Mot-Kedoshim

 

Ajarei Mot-Kedoshim

(Vayiqra 16:1-18:30)

Haftara: Sefardi (Yejezqel 22:1-16)

Ashkenazi (Yejezqel 22:1-19)

 


Nuestras diferencias con las demás naciones

 En esta y otras parashot El Eterno, Bendito sea, es reiterativo en reclamar qedushah por parte de Su pueblo, pues sólo con la conducta adecuada, esto es, la senda de la Torah y sus mitsvot, podremos tener acceso al Shabat eterno que nos ha sido preparado desde antaño, y que es también el deseo Celestial.

 Cierto es que no debemos hacer comparaciones, en especial cuando ello se trata de elevar innecesariamente nuestro ego; no obstante, este no es el caso, pues aunque se enfatiza en hecho de que las demás naciones han hecho las abominaciones que violan flagrantemente la Torah, ello es una advertencia para mostrarnos que no es ese el camino mediante el cual podremos llegar a la conquista de nuestros ideales más sagrados.

 ¿Y por qué la advertencia? No porque el pueblo judío por haber sido escogido para los planes celestiales esté exento de caer en estas prácticas, sino más bien porque la cercanía con los demás pueblos hace peligrar constantemente la posibilidad de mantenerse en el camino correcto; es esto tan cierto, que la realidad actual nos muestra que muchas almas que han nacido en el seno de nuestro pueblo ni siquiera reconocen la Torah como su forma de vida; incluso muchas personas aceptan en forma muy natural que “no son observantes”.

 Y entonces preguntamos: ¿Realmente es este el comportamiento al que fuimos llamados? ¿Ser “judío” de nacimiento acaso nos garantiza la vida en las moradas eternas? Porque de esto ser así, podríamos pensar que quien nació en los demás pueblos sólo tiene posibilidades de volver a ser uno con El Eterno sólo “si se hace judío”, lo cual, dicho sea de paso, se ha convertido en tema polémico, pues en últimas se traduce en el pago monetario por una conversión que es bien vista por los hombres[1]. ¿Pero este pago nos hace verdaderamente judíos?[2] ¿Ser reconocidos por los hombres es suficiente?[3]

 Partamos del hecho de que El Eterno quiere que su Creación, específicamente el hombre, sin distinción de nacionalidad o condición social, sea totalmente redimida para que vuelva al perfecto estado inicial de santidad[4]. Por lo tanto, no se está haciendo ninguna exigencia diferente de vivir conforme a la Voluntad del Santo de los santos, de manera que las obras perfectas de esa forma de vida lleven al hombre a “saber comportase” cuando le corresponda habitar en la eternidad.

 Por tanto, no debemos buscar cosa diferente de buscar a El Eterno, de manera que podamos encontrarlo, lo cual no se puede hacer según nuestro propio esfuerzo, sino según lo establecido por El Eterno mismo. Y ello demanda que nos apartemos de las costumbres que hoy el mundo quiere imponer, sean éstas cuales fueren, y sin importar cuán agradables puedan parecer a nuestros ojos, porque esto no es más que un espejismo que lleva a camino de muerte.

Qedoshim

(Vayiqra 19:1-20:27)

Haftara: Sefardi (Yejezqel 20:2-20)

Ashkenazi (Ämos 9:7-15)

MMIIDC

 Una interesante conexión con la parasha precedente

 En la parasha anterior y en la presente existe una “curiosa” relación que de seguro podemos entender que en realidad no es casual. Nos referimos específicamente a sus nombres: La anterior, “Ajarei Mot” (“después de la muerte”) y esta, “Qedoshim” (“santos”), nos muestran un título sorprendente cuando los juntamos: “Después de la muerte, santos”; y este es un mensaje que nos puede enseñar muchas cosas.

 El estado de una persona después de su muerte es el de la espera de su alma para ser juzgada; y si queremos que ese juicio sea favorable a nosotros, esto es, que se complete nuestro anhelo de volver al lado de El Eterno, hemos de entender que el estado que se requiere para alcanzar tal condición debe ser el más puro, tanto que podamos ser calificados como aceptos para el Maljut hashamayim.

 Y precisamente ese estado de pureza es el que está calificado por el título de nuestra parasha, esto es, Qedoshim. No podemos aspirar a otro “estándar” inferior, pues sólo siendo “qedoshim” después de la muerte, es como podemos alcanzar el gozo de habitar en las moradas eternas. En otras palabras, sólo después de abandonar nuestro cuerpo corruptible, pero en un estado final de santidad, podemos tener la esperanza cierta de que está preparada nuestra entrada al Olam Haba.

 De aquí que ese sello que será imborrable es la “fotografía final de nuestra existencia” que debemos tratar de alcanzar. No debemos aspirar a seguir en estado de muerte, sino a entrar a la vida, aquella que no acaba jamás y que es la que nos da el “status” o “credencial” indispensable para entrar al gran Reino, al que sólo tienen entrada los escogidos de El Eterno[1].

 [1] En el sentido de que quienes alcanzan la condición de qedoshim, son los que serán escogidos por El Eterno para que de nuevo sean uno con Él.

 [1] De todas maneras tampoco estamos desvirtuando el hecho de que muchas conversiones en realidad sí son sinceras, lo que no aplica al comentario que estamos haciendo.

[2] Ver Romanos 2:28-29.

[3] Ver Gálatas 1:10.

[4] Adam Rishon fue, por supuesto, anterior a la formación de cualquier pueblo, incluido obviamente Yisrael. Ver también 1 Timoteo 2:4, 2 Kefa 3:9.

sábado, 8 de abril de 2023

HAFTARA DE LASPARASHA 27-28 Tazria-Metzora

 

Tazriä

(Vayiqra 12:1-13:59)

Haftara: Melajim Bet 4:42-5:19/Haftara: Melajim Bet 7:3-20





Aislamiento voluntario

En la Torah podemos ver que si una persona estaba aquejada con el mal de tsaraät, era apartada siete días, lo que le impedía el contacto con las demás personas. Y eran variadas las causas de la aparición de esta plaga, lo que nos enseña que cuando una persona padecía de tsaraät no sólo era impura, sino que ese mal estaba precedido de conductas inapropiadas, que por supuesto eran violatorias de los principios de la Torah.

 Este aislamiento a que se era sometido nos muestra que de alguna forma tal plaga puede ser bastante contagiosa; o mejor, lo que la ocasiona es muy contagioso; todos los pecados que llevaban a sufrir de este mal indican a las claras que la persona necesitaba urgentemente un tratamiento que la llevara a su condición de qedushah anterior.

 Todas las faltas que son características de quien padece de este mal nos indican que son dignas de la peor de las vergüenzas, pues poseer este mal no era propiamente satisfactorio, ya que de hecho la persona misma debía pregonar su condición, circunstancia que con seguridad nadie querría repetir. Hoy en día no se presenta el mal de tsaraät en forma visible, pero sin duda alguna quienes cometen las faltas descritas en la Torah, y que ameritan la aparición de tsaraät no pueden disfrutar de la libertad que supone una vida sin tacha.

 Al cometer estos pecados las persona en la práctica están aislándose voluntariamente de la qedushah a la que fueron llamadas. Y esto trae una fuerte retribución que puede llegar incluso a la pérdida del Olam Haba. Por esta última razón en especial, deberíamos ser muy diligentes en alejarnos de todo aquello que trae impureza a nuestro ser, y que puede así mismo contaminar a nuestro prójimo; la mala lengua, la inmoralidad y la idolatría son faltas graves que traen consigo una característica nociva, y es que son sumamente “contagiosas”.

 Por tanto, un gran llamado que nos hacen estos textos es a perseverar en las acciones puras que nos evitan descender de nuevo y ser apartados de las delicias que han sido preparadas para nosotros desde la eternidad. Para ello disponemos de las enseñanzas de la Torah, que además han sido explicadas profusamente por nuestros sabios de bendita memoria.

 

Una marca que puede ser indeleble

 

El mal de tsaraät era tan evidente que la persona que lo padecía debería ser aislada. ¿Era acaso contagioso? Para responder a esta pregunta basta con analizar la causa de su aparición. Esta plaga era puesta directamente por El Eterno en quien cometía cierta clase de pecados, lo que en sí causaba que la persona tuviera que vivir el proceso nada agradable de tener que ser separada del común del pueblo y además proclamar su propio mal.

 

Si vemos entonces que en realidad lo que la plaga reflejaba era el estado espiritual de la persona, ello podría ocasionar que en lo sucesivo ésta “lo pensara dos veces” antes de cometer una de las faltas que le acarrearían aquel mal. El proceso de purificación era muy elaborado, de manera que no sólo quedara evidencia de que la persona venía de haber sufrido el mal, sino que además le recordaba la necesidad urgente de encaminar su vida hacia la obediencia de los designios de la Torah.

 

No es agradable ser el objeto de las miradas enjuiciadoras de los demás, aunque puedan “tener razón”; y el tiempo que duraba el proceso de “análisis” del mal podría ser penosamente largo para quien lo estaba viviendo. Es muy probable que cuando la persona se reintegraba a su pueblo su actitud fuera la de no volver a caer en las faltas que la llevaron a su condición anterior, y se preocupara genuinamente por su qedushah. Esto, al menos en el común de quienes habían padecido el mal.

 

Pero volvamos a las palabras del comienzo de este comentario. Si hemos de ser exactos, más que el mal de, lo que es contagioso es la “transmisión” de los pecados que lo atraen. La idolatría, la inmoralidad, y en gran manera el pecado de lashon hara sí contagian a las demás personas que están próximas a quien directamente comete alguno de estos pecados. El ser humano es curioso por naturaleza, y en incontables casos podemos ser testigos de que por causa de cualquiera de estas faltas tsaraät se transmite muy fácilmente. ¿Acaso no hay gratificación más grande para el cuerpo que estos pecados?[1]

 

Si sabemos que toda obra tiene su recompensa; entonces debemos ser en extremo cuidadosos, para que la marca que puede sobrevenir sobre nuestro ser no sea “indeleble”, lo que significa que si no queremos que la marca de nuestro pecado quede marcada en nuestro ser por siempre, esto es, si no queremos perder nuestra entrada al Olam Haba, nuestro compromiso con el Cielo es retomar el camino de qedushah, mediante la sincera teshuvah y la observancia de lo que El Eterno ha demandado de nosotros, y que podemos resumir en las palabras del profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide El Eterno de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Elohim.”[2].

 



[1] Aunque en últimas la respuesta a esta pregunta debería ser un rotundo “no”, la verdad es que esta pregunta lo que busca es llamar la atención sobre el hecho de que quien se conduzca sólo por sus instintos materiales fácilmente cae en las faltas ya mencionadas; aunque hemos de decir que sin importar la condición del ser humano, la gratificación del cuerpo y de los sentidos son cosas muy “agradables” que en realidad pueden hacer caer, incluso sin dificultad, a las personas de su condición espiritual, aunque esta sea muy elevada.

[2] Mijah 6:8.

domingo, 2 de abril de 2023

HAFTARA DE LA PARASHA 26 SHEMINI🔥👇

 

Haftara: Sefardi (Shmuel Bet 6:1-19)

¿Cómo no guardar luto por la muerte de un hijo?

 La aparente dureza con la cual es tratado Aharon, en cuanto a que no debía hacer duelo por la muerte de sus hijos, debemos examinarla a la luz de la perfecta Justicia de El Eterno, Bendito sea. Hemos visto que la acción no fue correcta, y ello merecía una acción inmediata por parte del Cielo. Mas, sin embargo, no fue Aharon quien cometió la falta, y aún así se le ordena no guardar luto. ¿Cómo explicar esto?

 La qedushah de El Eterno opaca por completo cualquier acción santa que provenga del hombre; de hecho, no sólo lo bueno sino lo malo. Y al revisar el “plano” de la situación según la óptica celestial, hemos de entender que existe un orden perfecto contra el cual no podemos atentar impunemente. Si tratamos de ser objetivos, apartando los sentimientos del análisis juicioso que merece todo aquello que tiene que ver directamente con el servicio a El Eterno, nos encontraremos con que nada justifica nuestras acciones apresuradas supuestamente con las mejores intenciones.

 Los sentimientos y emociones nos fueron otorgados generosamente por el Amo del Universo con el fin de que nuestra vida pueda ser disfrutada plenamente con la libertad que nos fue concedida, obviamente actuando en la dirección correcta. Y de ahí que tenga sentido dolerse por la muerte de los seres queridos, incluso independientemente de si ello sucedió por una buena o mala causa.

 Pero aquí hemos de evaluar si es más importante lo que nuestras muchas limitaciones pueden concebir como correcto, o lo que El Eterno considera como tal. Los afanes del mundo muchas veces llevan a las personas a actuar en pos de lo urgente, en lugar de hacerlo según lo importante, y como consecuencia se pueden ver vidas que han sido visiblemente afectadas por más angustias o tristezas.

 Con esto no queremos decir que, por causa del orden establecido, no podemos expresar dolor por una situación como la muerte de un ser querido. Lo que estamos tratando de ver es que el pasaje de la muerte de los hijos de Aharon nos muestra la urgente necesidad de obligar a nuestro ego a situarse donde le corresponde[1] y dejar que la Majestad de El Eterno sea el centro de nuestras vidas, con el fin de que todas y cada una de nuestras acciones efectivamente estén encaminadas a darle el honor a Quien le corresponde. Aquel momento coyuntural demandaba un comportamiento como el que hemos estudiado.

 No poseemos la suficiente sabiduría como para pretender conocer en detalle los designios divinos, pero de una cosa podemos estar seguros y es que si acatamos humildemente lo que se nos demanda de parte del cielo, seguramente al final veremos los maravillosos frutos de nuestra fidelidad. Es a eso a lo que estamos llamados.



[1] No sólo el lugar que le corresponde, que es el lugar más bajo de nuestro ser, sino el tamaño que le corresponde, que es “la más mínima expresión”.

LA HAFTARA DE LOS PROFETAS

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